Octavio
Paz, define, dentro del Laberinto de la Soledad que en esta parte del mundo
llamada México, el uso de máscaras y ritos, es una característica que perfila
el comportamiento de sus pobladores. En
los primeros tres lustros del siglo XXI el país ha transitado penosamente sobre
distintas tragedias criminales, ante las cuales los todos los habitantes de
todo ese amplísimo abanico que es la sociedad mexicana, adoptamos un rostro frio,
distante, evocador. Nos confeccionamos una máscara. La realidad se impone
serpenteante a lo largo de nuestro días, a cada momento somos testigos del
horror, de la brutalidad, de la barbarie, que ejercemos mexicanos contra
mexicanos, descubrimos, trémulos, con asombro que el principal peligro a
nuestra subsistencia y forma de vida somos nosotros, es nuestro compañero de
viaje, es el rostro anónimo que se topa frente a nosotros en las calles, es la
ira ancestral hirviendo, es observar a través de esa antigua y gastada máscara
de obsidiana que nos aisló del supuestamente perverso mundo; que siempre había
conspirado para quitarnos lo que era nuestro, para sacarnos del juego protagónico
de la historia.
Existe
una profunda sensación interiorizada al extremo, donde: los norteamericanos,
los españoles, los francés…etc. son perenes portadores de desdichas. Sin
embargo un día tras otro atestiguamos masacres de una crueldad inaudita, que en
tiempos de paz, es comparable a los conflictos africanos o del medio oriente.
Nombres como San Fernando, Allende, Iguala, Cocula, y cientos, quizá miles más,
son sinónimo de aterradoras masacres. Ante hechos tan terribles, adoptamos una
conocida máscara; el rostro de piedra, como conjugación del miedo, la
indiferencia y la resignación. No nos queda más que rezar, para que la
providencia nos ampare de caer en las garras demoniacas de esos otros mexicanos
que tanto disfrutan con los ritos de sangre, adictos a la violencia, rondan
nuestras fantasías, llenan nuestras pesadillas, atentan todos los días contra
la continuidad de nuestro tiempo.
Aun
así el país sobrevive, luchando y disfrutando con ese otro rostro irreductible,
la faz del cinismo; hace más de 100 años el país contaba con una fabulosa
cantidad de recursos naturales, con riquezas que más de trescientos años de
colonialismo apenas habían explotado, una variedad casi única de flora y fauna,
plata en abundancia, tierras generosamente fértiles y sobre todo flotábamos en
inmensas reservas de petróleo, el combustible más utilizado por la
industrialización experimentada en el siglo XX. Lo que no tuvimos fue el
ingenio, la voluntad de transformación de la realidad, y fueron otros:
ingleses, norteamericanos, alemanes, franceses, japoneses, los que reinventaron
el concepto de fuerza, que fue desde ese entonces mecánica, potenciada, y a los
mexicanos, antiguos constructores de templos deslumbrantes, nos quedó solamente
verlos pasar velozmente volando hacia el universo, deteniéndose a comprar el
simple combustible, que por una casualidad del destino, estaba bajo nuestros
pies.
No
obstante la máscara del cinismo es mucho más profunda y se lleva con la mayor
dignidad, si se es parte de la clase gobernante. Atestiguamos que aquellos que
detentan el poder han construido fortalezas, virtuales y reales, dónde se
esconden del país, desde donde miran con extraño asombro la continuidad de sus
privilegios, la máscara de la buena fortuna se asoma en sus rostros risueños,
prestos a la demagogia, y sin embargo esta clase gobernantes llena de
plutócratas es la que tiene hundido a México en un pantano que resulta ya
insoportable.
El
pasmo en el que vivimos es reflejo de una quietud ancestral, somos un pueblo
anclado a sus tradiciones, sean reales o ficticias, nuestra tierra por mas
erosionada que sea, representa cimientos imposibles de remover, nunca hemos
abierto caminos hacia nuevas fronteras, ya sean geográficas, estéticas o intelectuales.
A
nuestro pueblo, a la clase gobernante, a casi todos los mexicanos, le es ajeno
y de poca importancia lo que ocurra en los profundo de los océanos, en las
alturas del cielo, allende nuestro mundo, incluso vemos con profunda
desconfianza el entusiasmo ante manifestaciones culturales distintas que las
que adoptamos ya como clásicas. No somos un pueblo ni de marineros, ni de
exploradores, ni de soñadores. Vivimos detrás de una pesada mascara de sueños
repetidos.
¿Qué
futuro le espera a México?, sumido ya por demasiado tiempo en una senda
terrible de violencia cotidiana. Antes de cualquier falaz especulación, cabría preguntarnos;
¿Cómo llegamos a esta situación? ¿Cuáles de las grandes teorías de la política,
la sociología, la economía, el derecho o incluso de la psicología explican
nuestro comportamiento social?, tan dolorosamente predador; serán acaso las
fuerzas de la historia marxista, donde el capitalismo liberal y sus
contradicciones, implantan en lo profundo de la conciencia de las personas el
culto a los bienes terrenales, sin importar el precio, ni los medios para obtenerlos;
o serán aquellas fuerzas obscuras que
dominan la mente del Hombre, descritas por Freud : el “Eros y el Tánatos”, que
sintetizan la voluntad de creación y la voluntad de poder; o el ocaso del
estado nacional desata los instintos reprimidos y no domados latentes desde la
antigüedad, que llena de pirámides que reclaman una cuota de sangre; será acaso
que de tanto atestiguar, el vertiginoso avance de la Ciencia,( que no
entendemos y que no generamos), nos hemos quedados solos sin las ligas a lo
sagrado, solos ante la máquina, convertidos en engranes que giran sin conocer
su utilidad, solos, pero con el rostro convertido piedra.
¡No
luchamos por cambiar nuestro destino!, ¿por qué? Acaso consideramos en nuestro
ser profundo que merecemos vivir en el terror, en el silencio, en una constante
simulación, ¿seremos ya un anticipo de la humanidad del futuro?, resignados a
sólo existir virtualmente detrás del único rostro imposible de ocultar detrás
de una máscara: el miedo.
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