sábado, 11 de abril de 2015

BAJO EL SIGNO DE UNA MÁSCARA


Octavio Paz, define, dentro del Laberinto de la Soledad que en esta parte del mundo llamada México, el uso de máscaras y ritos, es una característica que perfila el comportamiento de sus pobladores.  En los primeros tres lustros del siglo XXI el país ha transitado penosamente sobre distintas tragedias criminales, ante las cuales los todos los habitantes de todo ese amplísimo abanico que es la sociedad mexicana, adoptamos un rostro frio, distante, evocador. Nos confeccionamos una máscara. La realidad se impone serpenteante a lo largo de nuestro días, a cada momento somos testigos del horror, de la brutalidad, de la barbarie, que ejercemos mexicanos contra mexicanos, descubrimos, trémulos, con asombro que el principal peligro a nuestra subsistencia y forma de vida somos nosotros, es nuestro compañero de viaje, es el rostro anónimo que se topa frente a nosotros en las calles, es la ira ancestral hirviendo, es observar a través de esa antigua y gastada máscara de obsidiana que nos aisló del supuestamente perverso mundo; que siempre había conspirado para quitarnos lo que era nuestro, para sacarnos del juego protagónico de la historia.

Existe una profunda sensación interiorizada al extremo, donde: los norteamericanos, los españoles, los francés…etc. son perenes portadores de desdichas. Sin embargo un día tras otro atestiguamos masacres de una crueldad inaudita, que en tiempos de paz, es comparable a los conflictos africanos o del medio oriente. Nombres como San Fernando, Allende, Iguala, Cocula, y cientos, quizá miles más, son sinónimo de aterradoras masacres. Ante hechos tan terribles, adoptamos una conocida máscara; el rostro de piedra, como conjugación del miedo, la indiferencia y la resignación. No nos queda más que rezar, para que la providencia nos ampare de caer en las garras demoniacas de esos otros mexicanos que tanto disfrutan con los ritos de sangre, adictos a la violencia, rondan nuestras fantasías, llenan nuestras pesadillas, atentan todos los días contra la continuidad de nuestro tiempo.

Aun así el país sobrevive, luchando y disfrutando con ese otro rostro irreductible, la faz del cinismo; hace más de 100 años el país contaba con una fabulosa cantidad de recursos naturales, con riquezas que más de trescientos años de colonialismo apenas habían explotado, una variedad casi única de flora y fauna, plata en abundancia, tierras generosamente fértiles y sobre todo flotábamos en inmensas reservas de petróleo, el combustible más utilizado por la industrialización experimentada en el siglo XX. Lo que no tuvimos fue el ingenio, la voluntad de transformación de la realidad, y fueron otros: ingleses, norteamericanos, alemanes, franceses, japoneses, los que reinventaron el concepto de fuerza, que fue desde ese entonces mecánica, potenciada, y a los mexicanos, antiguos constructores de templos deslumbrantes, nos quedó solamente verlos pasar velozmente volando hacia el universo, deteniéndose a comprar el simple combustible, que por una casualidad del destino, estaba bajo nuestros pies.

No obstante la máscara del cinismo es mucho más profunda y se lleva con la mayor dignidad, si se es parte de la clase gobernante. Atestiguamos que aquellos que detentan el poder han construido fortalezas, virtuales y reales, dónde se esconden del país, desde donde miran con extraño asombro la continuidad de sus privilegios, la máscara de la buena fortuna se asoma en sus rostros risueños, prestos a la demagogia, y sin embargo esta clase gobernantes llena de plutócratas es la que tiene hundido a México en un pantano que resulta ya insoportable.

El pasmo en el que vivimos es reflejo de una quietud ancestral, somos un pueblo anclado a sus tradiciones, sean reales o ficticias, nuestra tierra por mas erosionada que sea, representa cimientos imposibles de remover, nunca hemos abierto caminos hacia nuevas fronteras, ya sean geográficas, estéticas o intelectuales.

A nuestro pueblo, a la clase gobernante, a casi todos los mexicanos, le es ajeno y de poca importancia lo que ocurra en los profundo de los océanos, en las alturas del cielo, allende nuestro mundo, incluso vemos con profunda desconfianza el entusiasmo ante manifestaciones culturales distintas que las que adoptamos ya como clásicas. No somos un pueblo ni de marineros, ni de exploradores, ni de soñadores. Vivimos detrás de una pesada mascara de sueños repetidos.

¿Qué futuro le espera a México?, sumido ya por demasiado tiempo en una senda terrible de violencia cotidiana. Antes de cualquier falaz especulación, cabría preguntarnos; ¿Cómo llegamos a esta situación? ¿Cuáles de las grandes teorías de la política, la sociología, la economía, el derecho o incluso de la psicología explican nuestro comportamiento social?, tan dolorosamente predador; serán acaso las fuerzas de la historia marxista, donde el capitalismo liberal y sus contradicciones, implantan en lo profundo de la conciencia de las personas el culto a los bienes terrenales, sin importar el precio, ni los medios para obtenerlos; o serán aquellas  fuerzas obscuras que dominan la mente del Hombre, descritas por Freud : el “Eros y el Tánatos”, que sintetizan la voluntad de creación y la voluntad de poder; o el ocaso del estado nacional desata los instintos reprimidos y no domados latentes desde la antigüedad, que llena de pirámides que reclaman una cuota de sangre; será acaso que de tanto atestiguar, el vertiginoso avance de la Ciencia,( que no entendemos y que no generamos), nos hemos quedados solos sin las ligas a lo sagrado, solos ante la máquina, convertidos en engranes que giran sin conocer su utilidad, solos, pero con el rostro convertido piedra.

¡No luchamos por cambiar nuestro destino!, ¿por qué? Acaso consideramos en nuestro ser profundo que merecemos vivir en el terror, en el silencio, en una constante simulación, ¿seremos ya un anticipo de la humanidad del futuro?, resignados a sólo existir virtualmente detrás del único rostro imposible de ocultar detrás de una máscara: el miedo.

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